Todos tenemos sueños por cumplir, ya sean personales, laborales, artísticos o de cualquier ámbito que pueda llegar a satisfacer cierta felicidad personal. De eso trata la vida: de tener metas, escenarios mentales en los que somos quien queremos ser y estamos con quién queremos estar, así como dónde y cómo.
Los sueños más comunes seguramente sean el laboral y el sentimental. Dedicar nuestra vida a lo que nos gusta de forma que no lo tratemos como un trabajo, sino como un pasatiempo, pues si no nos dedicáramos a ello le echaríamos tiempo por igual. Lo otro es incluso más simple: estar con esa persona a la que vemos diferente, lo sea o no. Poder pasar tiempo con él o ella y que también nos vea a nosotros como a alguien especial.
En mi opinión e interpretación, de eso habla Mulholland Drive. No niego que cada uno pueda extraer un punto de vista distinto (es la clave de las películas de David Lynch), pero yo siempre trato de simplificar lo que parece complejo y hacer que encaje con lo que mi cabeza ha entendido de la película. El arte a veces es más sencillo de lo que creemos.

Creo que todos en algún momento de nuestra vida hemos sido Betty: esa persona que sueña con ir a Hollywood a lo grande siendo bien pequeñita. Paseos en carretera acompañados de altas palmeras, populares directores y personajes que parecen salidos de un videojuego. Una ciudad (o más bien, un barrio de la propia ciudad) que si no existiera, habría que inventarla, tal y como hicieron a finales del siglo XIX.

Conocer a la persona de la que acabas enamorándote de la manera más remota posible, ir a un teatro en el cuál actúa una cantante hispana con los colores de la bandera de España pintados en los párpados o convencer a tu propia pareja de colocarle una peluca que se asemeja a tu propio peinado.

Que el director de la película a la que vas a hacer el casting se gire al notar tu sola presencia e intercambiar un juego de miradas tan tenso como erótico. Poder romperle el coche a tu jefe con una pala de golf por imponerte una decisión artística que va a afectar a tu carrera, llegar a casa y encontrarte a Billy Ray Cyrus está en casa con tu propia mujer.

Ir a un casting y cantar la maravillosa I’ve Told Every Little Star, que venga a despertarte a casa un hombre vestido de cowboy o recibir una llamada para comunicarte una dirección y decirte que tienes un coche afuera esperándote.

Todas estas fantasías y más suceden en Mulholland Drive. Gente que sueña con una realidad que no es la suya y que casi seguramente nunca van a vivir. Por suerte, los sueños de momento son gratis y nos permiten ser felices durante un tiempo aunque sea limitado, y como los sueños, el cine.
David Lynch hace ya 23 años nos abrió la famosa caja azul y enseñó los sueños de millones, pero hay que tener en cuenta que donde hay sueños también hay pesadillas: personas reducidas a la inmundicia en la misma esquina de un restaurante, cadáveres en casas que muy poca gente podría pagar y trabajadores sin nombre que ven día a día a sus mayores ídolos ser quienes ellos mismos querrían. Muy pocas veces Hollywood se atreve a enseñar su cara menos bonita, y Mulholland Drive lo hace llevándote desde la sonrisa a la lágrima al ver que el sueño, poco a poco, se acaba.
Porque los sueños, sueños son, y la mayoría de cajas azules acaban vacías.
«Llorando por tu amor
Luego de tu adiós
Sentí todo mi dolor»
