Hace ya unas semanas vi Los Que Se Quedan (The Holdovers), la nueva película de Alexander Payne, director del que apenas había visto un par de escenas de Entre Copas para un trabajo de dirección cinematográfica hace ya unos cuantos años. No solo eso, sino que tuve que imitarla plano a plano con otros actores siguiendo cada línea del guion, y me encantó. Le encontré muchísima magia a la secuencia que rodamos, pero no me puse la película completa después. En parte me alegro, porque ahora tengo otro motivo (entre tantos) para seguir viendo cine y una deuda personal con Payne. Debutar con Los Que Se Quedan me ha hecho entender por qué es un director tan respetado dentro de la escena independiente sin hacer demasiado ruido.
Recuerdo el momento en el cual me decidí de ir a ver Los Que Se Quedan. Estaba en el Phenomena, no recuerdo para ver qué, y proyectaron el tráiler. Yo creía que era el reestreno habitual de alguna película de los 70, por lo que no presté atención, hasta que en los últimos planos me di cuenta de la presencia de Paul Giamatti y de que estaba fechada para el año nuevo de 2024. Pese a no ser mi tipo de película (comedia navideña, cierta intención buenista…), estaba tan conseguida a nivel estético que debía verla. Ser de los 70 y sobre todo homenajear a los 70 en la actualidad es sinónimo de ser bien, así que a la semana y media acudí acompañado de mi madre, también tras ver el éxito que estaba teniendo en todas las galas de premios cinematográficos. Mi madre es una persona que pocas veces va al cine y nunca lo ha hecho para ver una película subtítulada. Pues bien, salió de la sala más feliz que una perdiz. Buen síntoma.

Como he mencionado, Los Que Se Quedan es una comedia dramática que habla de tres personajes prácticamente abandonados en una escuela privada durante las últimas semanas de 1970.
Paul, un profesor de historia clásica, bizco y de mediana edad repudiado por sus compañeros de trabajo. Angus, alumno de Paul y aparentemente proveniente de familia adinerada. Más tarde se suma Mary Lamb, cocinera de la escuela y madre de un hijo fallecido en la guerra de Vietnam.
Cada uno de ellos esconde una serie de secretos del pasado que explican por qué son como son frente al mundo y juntos tratarán de curar sus heridas. Lo interesante de la película no es el qué, sino el cómo se van sucediendo los encuentros entre ellos, cómo se van conociendo poco a poco, desenmascarando las falsas ideas que tienen los unos de los otros y aprendiendo que, como muchos dicen, nadie es malo por naturaleza. La película tiene la clara intención de hacernos encariñar con ellos tres y conocer su otra cara, la que nadie dentro de esa escuela se ha interesado en comprender.

Afortunadamente, no estamos hablando de una película que busca la lágrima fácil ni victimizar a los protagonistas escena tras escena. Todo lo contrario, es divertida y ligera en casi toda su duración, unas dos horas y cuarto muy bien medidas. Son momentos exactos y muy concretos, en los que a veces no es ni siquiera el diálogo el que transmite el vacío que siente el personaje por dentro y que le cuesta tanto comunicar, sino un simple gesto, una mirada o una acción la que habla por ellos mismos.
Y eso es el cine. Planos en los que sobran las palabras para entender el dolor por la ausencia de un padre, la ignorancia de una madre, los sueños rotos de un hijo o simplemente sentirse la oveja negra del corral. Hechos de los que no somos culpables y cargamos durante toda una vida.

Una de las mayores sorpresas que nos llevamos de cara al futuro es que este sea el primer papel de Dominic Sessa en una gran producción, con ya 21 años. Su historia es más bien curiosa: la escuela en la que se ambienta la película es en la que en la vida real el actor estudiaba interpretación, el mismo día en el cual la directora de casting propuso buscar a la persona que diera vida al personaje de Angus dentro de la propia academia. Sin ser el protagonista, en él recae la escena más desgarradora y triste de toda la película. Me veo con el derecho de decir que hemos descubierto una nueva estrella y este es solo uno de los grandes papeles que le van a caer los próximos años.
Algo extraño me sucede con el trabajo de Da’Vine Joy Randolph. Había escuchado críticas aclamadoras, ganó el Globo de Oro a mejor actriz de reparto y sin embargo… me faltaron escenas. Me esperaba una actuación más pequeñita en proporción pero arrebatadora, y para mi gusto le faltan minutos. Yo le habría dado mucho más para exhibirse, pues si bien tiene un par de escenas a recordar, creo que con ella hay una idea redundante y que se podría haber sacado mucho más, pues la actriz tiene un talento portentoso y cuenta con mucho menos tiempo en pantalla que los otros dos actores.
Del que no se puede sacar más porque la ha dado todo es Paul Giamatti. Con todos mis respetos a los actores protagonistas que nos han dado una temporada para el recuerdo: Cillian Murphy en Oppenheimer, Leonardo DiCaprio en Asesinos de la Luna, Tom Cruise en Misión Imposible 7 (no me olvido de él ni lo haré nunca, este será un espacio en el que reivindicar la figura del más grande), entre otros tantos. El de Paul es el personaje del año. No hay más.
Pocas descripciones me parecen más ajustadas: es un personaje de película, caricaturesco. Habla tanto por sí solo físicamente que es rotundamente imposible no encariñarse con él desde el primer momento. Según dicen sus compañeros, es un bicho raro, alguien con quien nadie se quiere juntar. Una persona sin amigos ni familia.

Paul Giamatti ha entregado todo lo que tenía dentro para interpretar a un profesor tan impositivo como frágil, que sin que nadie se entere, se preocupa por todos. Es la persona con más miedo y con el corazón más grande de ese colegio, aunque trate de ocultarlo de primeras. En torno a él gira el tono cómico de la película y en quien también encontraremos algunos de los momentos más crueles que nos llevan a entender por qué es el profesor cascarrabias del ojo loco.
El personaje de Paul no ha perdido a nadie de su familia físicamente, sino algo mucho más personal: la pasión por culpa de errores del pasado y la fe en encontrar un amigo. Todos hemos sido o seremos Paul en algún momento de nuestras vidas. Sé que es casi imposible que repita premiación con ese Globo de Oro tan merecido porque solo hay un Óscar y todo indica a que ya está decidido, pero si por un caso acaba en manos de Giamatti será el reconocimiento al que es ya un personaje histórico del cine de comedia. Por hacer reír, emocionar y enseñar lecciones de vida.

Especial mención le quiero dedicar a todo el trabajo del departamento de arte. No se limita a recrear los 70, sino que hace que vivas dentro de los 70 durante toda la película. Se respira aire vintage, y estoy bastante convencido de que de ponerle esta película a alguien que no conoce de la naturaleza de la misma y cree que es de la propia época. De hecho, creo que hasta hay un claro trabajo de sonido para imitar la calidad de la época, así como el montaje lo deja muy claro en las escenas de créditos, tanto iniciales como finales. Al que ha logrado sacarme una sonrisa colocando un póster de The Who al lado de la puerta de una de las aulas de la escuela: gracias y larga vida a Pete Townshend.
Los Que Se Quedan no es épica. No cuenta la historia de la creación de la bomba atómica, los orígenes de una tribu indígena ni tiene a espías tirándose desde el pico de una montaña. No trata de reinventar un género ni creó expectativas inalcanzables meses antes de su lanzamiento, pero llega a calar en lugares muy profundos en los que solo Erice ha conseguido asomarse este último año gracias a un guion y unos actores tan sinceros que hacen de espejo de nosotros mismos en pleno 2024.
Los Que Se Quedan es encontrar el amor en Navidad, conocer a alguien que te cambia la vida o recibir el abrazo que llevas muchos años esperando. Es esa hoguera a la que refugiarse cuando hace frío y una película a la que recurrir en las últimas horas de un día triste. Es un lugar en el que quedarse por mucho, mucho tiempo, y aunque no se va a hablar tanto de él como de otros, todo este entramado lo ha tejido un hombre llamado Alexander Payne gracias a un guion redondo de David Hemingson
Os dejo, que me voy a ver Entre Copas.
