Se cumple más de un mes del fallecimiento de Akira Toriyama. El que es conocido por crear el más popular (y mejor, un saludo a mi hermana) manga de la historia nos ha dejado antes de tiempo por culpa de un hematoma subdural. Me atrevo a decir que, aunque no lo piense muy a menudo, es una de las personas más importantes de mi infancia, y por tanto, de mi vida.
Desde que tengo uso de conciencia he estado consumiendo Dragon Ball. En todos los aspectos. Manga, anime, videojuegos, películas, merchandising… De hecho, no ha habido un solo año en el que no juegue a algún videojuego de Dragon Ball, ya que hasta la llegada de Super era una de las pocas formas de darnos nuevo contenido.
No obstante, Dragon Ball es solo una obra de las tantas que creó, si bien es la que le llevó a la fama mundial. Hoy me apetece hacer un repaso por toda su carrera, en forma de homenaje al más grande mangaka que jamás hemos tenido y culpable de convertir en genialidad todo aquello que dibujaba y escribía.

Nacido en 1955, Akira Toriyama pasó toda su infancia dibujando objetos y figuras que veía por la calle, así como a sus compañeros de clase. 101 Dálmatas despertó su pasión por el dibujo y, más tarde, Astro Boy hizo lo mismo con especial enfoque en el cómic. Decidido a dedicar su carrera al lápiz, comenzó trabajando en una agencia de publicidad, aunque duró poco debido a que llegaba tarde recurrentemente y vestía demasiado informal. Decidió renunciar y centrarse en el manga, su verdadera pasión, llegando a un acuerdo con la revista Shonen Jump.
En 1980 estrena Dr. Slump, su primera obra. Siendo un autor totalmente desconocido, tuvo un éxito inmediato y rotundo, llegando su adaptación al anime solamente un año después. Esta trata sobre las aventuras del profesor Sembei y su robot con apariencia de niña, Arale, en Villa Pingüino. Con un toque de humor infantil, ya marcaba un claro estilo de diseño de personajes que le identificaría el resto de su carrera.
Es algo paradójico que lo primero que viene a la cabeza cuando se piensa en Dr. Slump sea Arale más que el propio profesor. Quizá sea porque ella es el primer ejemplo de la linea de personajes protagonistas de Toriyama: niños y jóvenes aventureros llenos de ingenuidad rebosantes de fuerza dentro de un universo por descubrir. Personajes con los que cualquier niño se puede sentir identificado y que son el más fiel reflejo del alma del creador.

Tras la finalización del manga y en medio de la emisión del anime, Toriyama lanza en noviembre de 1984 la obra que cambiaría la historia del cómic japonés: Dragon Ball.
Goku, un joven guerrero, vive solo en medio del monte. Un día se encuentra con Bulma, quien va en búsqueda de las bolas de dragón: siete bolas esféricas con estrellas dentro de ellas que otorgan un deseo a aquel que las junte.
Dragon Ball sigue con el tono infantil de Slump pero añadiendo un mayor enfoque en las batallas y la evolución de Goku como eje central del manga. Si los sucesos del anterior manga sucedían en Villa Pingüino, Dragon Ball se desarrollaba a través de un planeta desconocido para el protagonista y una trama que arco tras arco se va abriendo a nuevos horizontes, así como van apareciendo mayores amenazas.
Las bolas de dragón y el deseo que otorgan sirven como despegue de una aventura en la que, a medida que avanza, van perdiendo peso en favor de la construcción de un lore mucho más interesante y profundo.

El impacto de Dragon Ball fue histórico, llegando a popularizar el formato del manga en occidente a cotas nunca vistas, en especial en España. No hay nadie en el mundo que no haya escuchado hablar de Goku y sus aventuras, de cómo crece y se va convirtiendo en el guerrero más poderoso del mundo, si bien tengo la sensación de que el salto definitivo se dio con su secuela: Dragon Ball Z.
Una vez terminado Dragon Ball en 1989, Toriyama decidió seguir narrando la vida de Goku. Esta vez, con gente venida del espacio exterior, mucho más poderosa y con raíces familiares con él, hasta el momento desconocidas. Este ya no es un niño, sino un adulto con familia, amigos y un planeta al que proteger. Dragon Ball Z deja el lado más aventurero e infantil a un lado y pasa a ser un shonen de lucha. Ya apenas importan las bolas de dragón, el objetivo principal es salvar la Tierra a base de hostias. Y es aquí donde la saga despega y se convierte en la referencia que muchísimos mangas posteriores imitarían. Luffy, Naruto, Ichiban… todos copian la fórmula de Goku y Dragon Ball Z.
Un equipo de guerreros capaces de volverse más poderosos tras cada enemigo derrotado (lo que no te mata te hace más fuerte, y en Dragon Ball, lo que te mata a veces también), obteniendo transformaciones que modifican su aspecto físico y mental, y enemigos que escapan más allá de la antropomorfia humana (en Dragon Ball eran bastante escasos).

Es aquí donde se introducen personajes clave: Vegeta, Gohan, Freezer o Célula. Admito que este es y será siempre para mí, y seguramente para todos, la mejor etapa de Dragon Ball. No obstante, siento cierta lástima y nostalgia cuando miro hacia el Dragon Ball original, ya que siento que rara vez se recupera la etapa más infantil de Goku y sus para entonces jóvenes compañeros.
En parte tiene cierto sentido, pues Dragon Ball Z se estableció en su día como la base de la saga y a partir de la cual saldrían todas las obras derivadas debido a su tono mucho más adulto y violento. Si hoy quieres sacar una película, lo harás con todos los personajes ya crecidos y en su máximo potencial. Si sacas un videojuego y quieres aprovechar al máximo, ubicarás la historia dentro del canon de Z. Si quisieras crear una línea temporal alternativa, cambiarás alguno de los momentos cruciales de Z que son vitales para conocer de dónde viene Goku. Sí, es de lógica, pero eso hace que rara vez vuelva a Dragon Ball y que, por ejemplo, cuando antes anunciaban videojuegos sobre la obra original, mi niño interior volviera a renacer y se interesara otra vez por los Torneos Tenkaichi, la Red Ribbon o la raza de los Piccolo.

Dejando ya de lado lo que es todo el universo Dragon Ball, pues después de Z llegaría GT, que no es propiamente canon, así como muchísimas películas y hoy en día con Super, Toriyama era ya en los 90 el autor de manga más conocido a nivel mundial. No solo por su trabajo sobre papel, sino también en el de los videojuegos.
En 1986 sale al mercado para la NES el padre de los JRPG en consolas domésticas: Dragon Quest. En él, encarnamos a un guerrero al que el rey le encomienda una única misión, la de recuperar a su hija de las garras del malvado Dragonlord. Estaría encantado de hablar de cómo se originó y lo que aportó a la industria esta maravillosa saga, pero aquí estamos por Toriyama.
En plena fiebre de Dragon Ball, le ofrecieron encargarse del diseño de personajes y la dirección artística del videojuego. Y no quedó solo ahí, sino que acabó trabajando en todas y cada una de las secuelas, convirtiéndose en un pilar fundamental de una franquicia que dentro de poco cumplirá 40 años. A lo largo de las décadas, nos ha dejado diseños que ya son historia del videojuego y que han servido para adentrar a neófitos a esta grandiosa saga.
Yo, por ejemplo, no había tocado ninguno hasta hace un par de años y ahora estoy jugando dos a la vez, tras terminarme otro hace unos días. ¿Qué fue lo primero que me llamó la atención? Exacto, los diseños de las portadas junto con los personajes, y si eso es suficiente para ganar millones de adeptos como yo, podemos hablar de una decisión acertadamente histórica la que tomó Enix en su día.

Su incursión en el mundo del videojuego no acaba aquí. En 1995 y tras cinco entregas principales de Dragon Quest, aparece en el mercado un nuevo JRPG que revoluciona el género: Chrono Trigger, para la SNES.
Este juego tiene una de las historias más míticas y un equipo creativo detrás al que denominaron el Dream Team, compuesto por Yuuji Horii, creador de Dragon Quest, Akira Toriyama, Hironobu Sakaguchi, creador de la saga Final Fantasy (la otra franquicia de JRPG más exitosa, de parte de Square), Kazuhiko Aoki y Nobuo Uematsu, compositor de Final Fantasy. Juntando a referentes de la industria y artistas relacionados en la cresta de la ola, Square nos regaló la que posiblemente fuera la última gran odisea de la generación de las 2D.
Una trama a través de distintos viajes en el tiempo, un sistema de batalla a tiempo real con posiciones estratégicas para realizar ataques conjuntos y los diseños de Toriyama acabaron por crear uno de los videojuegos más queridos de todos los tiempos y del que llevamos años rezando por un remake.

Aunque de menor relevancia, ha habido unos cuantos videojuegos más en los que trabajó Toriyama, como Blue Dragon (bajo las órdenes de Sakaguchi otra vez), las dos entregas de Tobal y algunos personajes de Dragon Ball creados para la ocasión en particular, como el Androide 21 para FighterZ o Bonyu para Kakarot.
De la misma forma y aprovechando la ocasión, hace solo unos pocos días se estrenó el videojuego que adapta el manga de Sand Land, su obra del 2000, al que le echaré el guante más pronto que tarde. Al videojuego y a la obra, me refiero, ya que hasta hace nada me era prácticamente desconocida, así como mucho del trabajo de Toriyama que se ha quedado sin traspasar fronteras japonesas.

Aunque algo tarde, me he dado cuenta de que es mi escritor favorito. Seguramente sea porque cuando pensamos en autores, por ejemplo la semana pasada con el día del libro, no nos da por pensar en el cómic y menos si es japonés, al menos en España. Yo, que ahora leo muchísimos menos de lo que me gustaría, devoraba cada tomo de Dragon Ball que me llegaba a las manos de pequeño.
Después de hacer búsqueda, he podido descubrir que la colección que yo tengo se estrenó en 2007, teniendo yo 9 años. Recuerdo ir a la papelería y que la dependienta ya supiera perfectamente a por qué iba: el tomo nuevo de Dragon Ball o la revista Nintendo Acción, y es que por aquel entonces me apasionaban por igual. Debe ser porque no encuentro nada que me genere lo mismo que las obras de Toriyama (One Piece se acerca pero nunca llegará a calarme de la misma forma) o porque el mundo del videojuego ha invadido demasiado de mi tiempo libre.
Sea lo que sea, puedo decir que yo también me he maravillado entre las páginas de Dragon Ball descubriendo el valor de la amistad y a nunca rendirse, he viajado bajo las pieles de los distintos guerreros draconianos y que la caca de Dr. Slump… aún me hace cierta gracia. Que aún sigo siendo ese niño que sigue a Goku allá donde vaya y que trataré de que mis hijos hagan lo mismo.
No puedo negar que el día de la noticia solté alguna lágrima, pues hoy soy como soy gracias a él. En mi casa siempre va a haber una estantería dedicada a Akira Toriyama.
Gracias, Maestro.
